La realidad que te respira

Vuelo a mi imaginación
a la otra vida
He soñado hoy
cosas que no quería.

En un momento estoy
en este día
y en otro momento solo
camino a otro lugar.

La vida es solo una y la persona
¿Es la persona que querría?
Un fallo en una única línea de tiempo
es fallo hoy, y mañana.

No se puede olvidar, si no se olvida.
Eres ese error que cometiste.
Eres el sueño que te acosa,
y la realidad que te respira.

 

No difundir sin permiso, gracias
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El hombre insensible (comentado)

En mi anterior entrada publiqué un fragmento escrito por Pessoa al cual, al menos, tuve la satisfacción de recibir dos respuestas. Adelanto que la única manera de salir de la visión pesimista de Pessoa es darse cuenta de la falsedad de las premisas, ya que lo que no es más que un punto de vista, se presenta como una verdad universal.

En esta ocasión comento mis propias conclusiones:

El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es la que induce a la acción, o sea, la voluntad. Pues bien, dos son las cosas que estorban la acción: la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, finalmente, más que el pensamiento con sensibilidad.

Por supuesto, en muchos casos la sensibilidad puede suponer un estorbo, pero en muchos otros la sensibilidad es precisamente lo que motiva a la acción. Por ejemplo, un gran motivador es la pena, es posible que en términos puramente prácticos no convenga la acción por lástima, pero no hay que olvidar que la lástima (y esto es solo uno de los muchos ejemplos que se podrían poner) es un cohesionador social que ha perdurado en nosotros por su gran valor en ese sentido. Si el político, como mínimo, debe fingir sensibilidad, es porque ello le es útil, otra cosa es que una sensibilidad real le pueda convenir al conjunto de la sociedad, pero no a él en sus ambiciones materiales.

Toda acción es, por su naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo externo, y como el mundo externo está, en gran parte y sobre todo, compuesto por entes humanos, se sigue que esa proyección de la personalidad es esencialmente el hecho de que nos interpongamos en el camino ajeno, el estorbar, herir y aplastar a los otros, conforme a nuestro modo de actuar.

Aquí se ve con más claridad que esta visión solo representa a un tipo de persona: egocéntrica, ambiciosa y materialista, para la cual efectivamente la sensibilidad real es un estorbo. Recuerdo que el análisis de este fragmento lo hago con aplicación a la política (leer entrada anterior).

Para actuar, por lo tanto, es preciso que no nos representemos con facilidad a las personas ajenas, sus dolores y alegrías. Quien es capaz de simpatizar, se detiene. El hombre de acción considera el mundo externo como exclusivamente compuesto de materia inerte (o inerte en sí misma, como una piedra sobre la que pasa o que aparta del camino al pasar); o bien inerte  como un ente humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, puesto que al igual que a la piedra, o la apartó o le pasó por encima.

Esto es especialmente interesante, porque sigue definiendo a un tipo de persona que abunda en la política (y fuera de ella). Para alguien ambicioso y materialista cuyo principio y fin es sí mismo, lo fácil y conveniente (y probablemente lo único que sepa hacer de forma inevitable) es cosificar a los otros, y así, poder apartarlos como se aparta una piedra del camino.

El ejemplo máximo del hombre práctico , puesto que conjuga la extrema concentración en la acción con la atribución a esa acción de una extrema importancia, es el del estratega.  La vida, para él, no es otra cosa que guerra, y la batalla es, por eso, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con las vidas como el jugador de ajedrez juega con sus piezas. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada una de sus jugadas hacer caer la noche sobre mil hogares y desolación en tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuésemos humanos? Si el hombre sintiese de veras no habría civilización. El arte permite encauzar la sensibilidad que la acción debió dejar de lado. El arte es el alma de casa laboriosa que se quedó entre sus cuatro paredes porque así tuvo que ser.

Aquí continuámos leyendo una exposición sobre la necesidad de la cosificación para alcanzar fines puramente materialistas (esta exposición culmina con el ejemplo del patrón Vasques, en el siguiente fragmento). Menciona el arte por ser un medio que no se ve, generalmente, coaccionado por las acciones u opiniones ajenas, siempre que hablemos de arte como una acción puramente creadora y no condicionada (por tanto la creación con fines comerciales quedaría excluida de esta definición).

Todo hombre de acción es esencialmente animosos y optimista porque quien siente no es feliz. Se reconoce a un hombre acción porque nunca está mal dispuesto. Quien trabaja, aunque esté mal dispuestos, es subsidiario de la acción; puede ser en la vida, en la gran generalidad de la vida, un tenedor de libros, como lo soy yo particularmente. Lo que no puede ser es un regente de cosas o de hombres. La regencia pertenece al dominio de la insensibilidad. Gobierna quien se siente alegre porque para ser un triste hace falta sentir. 

Quizá aquí se confunda felicidad con alegría. La persona materialista recibe recompensas a sus acciones en tanto sus fines se vean alcanzados, la recompensa en una pequeña (o grande) inyección de alegría. Si recibe inyecciones de alegría de forma constante, considerará que es feliz, más en el momento en que se trunquen sus fines, obviamente recibirá una inyección de amargura, y en el mejor de los casos podría entender que nunca fue feliz, aunque siempre estuvo alegre.

El patrón Vasques concretó hoy un negocio en el que arruinó a un individuo enfermo y su familia. Mientras hacía el negocio olvidó por completo que ese individuo existía, excepto como parte comercial contraria. Concretado el negocio, lo ganó la sensibilidad. Sólo una vez concretado, por supuesto, porque si lo hubiese ganado antes, el negocio no hubiese sido hecho. “Me da pena el tipo”, me dijo, “Va a quedar en la miseria.”. Después, prendiendo un cigarro añadió: “En todo caso, si él llegara a necesitar algo de mí”- o sea de alguna limosna- “no olvidaré que le debo un buen negocio y unas decenas de miles”.

No sabemos si el patrón Vasques tenía la opción de hacer negocio sin arruinar totalmente a esa persona, o si de haber rechazado la opción de arruinar a este persona, se hubiera arruinado él, por tanto la historia está sesgada. Como es evidente, aquí el patrón Vasques puede que tenga algún tipo de remordimiento de conciencia que consigue paliar al pensar que si esa persona necesitara algo de él (acudiera a él a pedirle algo) le ayudaría, pero es una excusa falaz, puesto que le podría haber dado la ayuda en el momento necesario, en lugar de dejarlo en una situación en la cual no se le puede ayudar. Esta falsa compasión, que podemos encontrar fácilmente en nuestra vida cotidiana, no es más que una frase dejada caer en alto, para dar a entender al que escuchar que, en realidad, si pudiéramos ayudaríamos. Muy típico de personas que abusan de la situación de los otros.

El patrón Vasques no es un bandido: es un hombre de acción (los capitanes de la industria y el comercio, los hombres de guerra, los idealistas religiosos y sociales, los grandes poetas, y los grandes artistas, las mujeres hermosas, son todos niños que hacen lo que quieren). Manda quien no siente. Vence únicamente quien no piensa sino en lo que necesita para vencer. El resto, que es la vaga humanidad general, amorfa, sensible, imaginativa y frágil, no es otra cosa que el telón de fondo contra el cual se destacan esas figuras de la escena hasta que la pieza de fantoches se termine; el fondo plano de cuadrados sobre el cual se yerguen las piezas de ajedrez hasta que las guarde el Gran Jugador que, engañando a la prensa con una dupla de personalidad, juega, se entretiene siempre desafiándose a sí mismo.

Y he aquí el pensamiento deseado de quién se excusa en voz alta después de una mala acción, el pobre lástimoso que considera que el orden dado de la vida es como es y él no puede cambiarlo porque es intrínseco a la naturaleza humana, exculpa al patrón que abusa con indiferencia. Habla de cómo engaña a la prensa, pero indudablemente, engaña también al que subyuga.

El libro del desasosiego, Fernando Pessoa

El hombre insensible

El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es la que induce a la acción, o sea, la voluntad. Pues bien, dos son las cosas que estorban la acción: la sensibilidad y el pensamiento analítico, que no es, finalmente, más que el pensamiento con sensibilidad. Toda acción es, por su naturaleza, la proyección de la personalidad sobre el mundo externo, y como el mundo externo está, en gran parte y sobre todo, compuesto por entes humanos, se sigue que esa proyección de la personalidad es esencialmente el hecho de que nos interpongamos en el camino ajeno, el estorbar, herir y aplasta a los otros, conforme a nuestro modo de actuar.

Para actuar, por lo tanto, es preciso que no nos representemos con facilidad a las personas ajenas, sus dolores y alegrías. Quien es capaz de simpatizar, se detiene. El hombre de acción considera el mundo externo como exclusivamente compuesto de materia inerte (o inerte en sí misma, como una piedra sobre la que pasa o que aparta del camino al pasar); o bien inerte  como un ente humano que, por no poder oponerle resistencia, tanto da que sea hombre o piedra, puesto que al igual que a la piedra, o la apartó o le pasó por encima.

El ejemplo máximo del hombre práctico , puesto que conjuga la extrema concentración en la acción con la atribución a esa acción de una extrema importancia, es el del estratega.  La vida, para él, no es otra cosa que guerra, y la batalla es, por eso, la síntesis de la vida. Ahora bien, el estratega es un hombre que juega con las vidas como el jugador de ajedrez juega con sus piezas. ¿Qué sería del estratega si pensara que cada una de sus jugadas hacer caer la noche sobre mil hogares y desolación en tres mil corazones? ¿Qué sería del mundo si fuésemos humanos? Si el hombre sintiese de veras no habría civilización. El arte permite encauzar la sensibilidad que la acción debió dejar de lado. El arte es el alma de casa laboriosa que se quedó entre sus cuatro paredes porque así tuvo que ser.

Todo hombre de acción es esencialmente animosos y optimista porque quien siente no es feliz. Se reconoce a un hombre acción porque nunca está mal dispuesto. Quien trabaja, aunque esté mal dispuestos, es subsidiario de la acción; puede ser en la vida, en la gran generalidad de la vida, un tenedor de libros, como lo soy yo particularmente. Lo que no puede ser es un regente de cosas o de hombres. La regencia pertenece al dominio de la insensibilidad. Gobierna quien se siente alegre porque para ser un triste hace falta sentir. 

El patrón Vasques concretó hoy un negocio en el que arruinó a un individuo enfermo y su familia. Mientras hacía el negocio olvidó por completo que ese individuo existía, excepto como parte comercial contraria. Concretado el negocio, lo ganó la sensibilidad. Sólo una vez concretado, por supuesto, porque si lo hubiese ganado antes, el negocio no hubiese sido hecho. “Me da pena el tipo”, me dijo, “Va a quedar en la miseria.”. Después, prendiendo un cigarro añadió: “En todo caso, si él llegara a necesitar algo de mí”- o sea de alguna limosna- “no olvidaré que le debo un buen negocio y unas decenas de miles”.

El patrón Vasques no es un bandido: es un hombre de acción (los capitanes de la industria y el comercio, los hombres de guerra, los idealistas religiosos y sociales, los grandes poetas, y los grandes artistas, las mujeres hermosas, son todos niños que hacen lo que quieren). Manda quien no siente. Vence únicamente quien no piensa sino en lo que necesita para vencer. El resto, que es la vaga humanidad general, amorfa, sensible, imaginativa y frágil, no es otra cosa que el telón de fondo contra el cual se destacan esas figuras de la escena hasta que la pieza de fantoches se termine; el fondo plano de cuadrados sobre el cual se yerguen las piezas de ajedrez hasta que las guarde el Gran Jugador que, engañando a la prensa con una dupla de personalidad, juega, se entretiene siempre desafiándose a sí mismo.

El libro del desasosiego, Fernando Pessoa

En esta ocasión copio el texto nº 303 de El libro del Desasosiego (Edición de Emecé), para lanzar la pregunta, adecuada a cualquier tiempo: ¿Es posible gobernar con sensibilidad? ¿Es posible hacer un buen negocio siendo una persona sensible o, por el contrario, una persona sensible debería dedicarse a otra cosa? ¿Estamos, las personas sensibles, los humanistas, los que a pesar de amar la soledad sienten una profunda conmiseración por los otros, apatardos inevitablemente del “mando”?

 

 

 

Análisis/opinión de “El Renacido”

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NO CONTIENE SPOILER

De haberlo sabido, no veo el trailer. Esta es una de las frases que más me repito últimamente cuando voy al cine, y más aún en este caso, así que si todavía no has visto El renacido y tienes la suerte de no haber visto el trailer, no se te ocurra hacerlo.

Como sabéis las algo más de cero personas que leéis este blog, las reseñas de cine que publico son de carácter reflexivo, como todo lo demás, y por tanto esta no será menos, pero para ser sincera debido a una migraña, no me la estoy tomando tan en serio como pretendía.

Uno de los pensamientos que más ha acudido a mi cabeza mientras veía la película era “toda esta gente con palomitas tan entusiasmada, va a encabronarse mucho, aunque no tanto como si estuvieran viendo El árbol de la vida”. Debido al engañoso trailer, (en algunos casos sí, en otros no), muchos espectadores han esperado un nivel de acción que no han recibido en ningún momento. ¿Qué quiero decir con esto? Que es una película lenta. Para situaros, si en una escala del uno al diez tomamos “uno” como lento, (por ejemplo, “El árbol de la vida”), y “diez” como rápido, (por ejemplo “Speed”), El Renacido tendría, a mi parecer, un cuatro. Obviamente con “lento” todos nos referimos a que hay poca acción, pocos acontecimientos sorpresivos, planos largos y hasta me atrevería a añadir amplios tiempos dedicados a aspectos emocionales del personaje (algo que, al parecer, los mortales más comunes odian profundamente), por oposición “rápido” es todo aquello en lo que sucedan muchas cosas, tipo X-Men o Deadpool; no importa si los personajes son más simples que Bob Esponja o Calamardo, en las pelis de acción hay “chicha” y eso es lo que queremos todos.

No pondré el punto a esta reseña (y para eso queda), sin expresar mi admiración por la actuación de Leonardo Dicaprio, no debe ser fácil expresar el dolor físico y psíquico que él refleja, de forma tan veraz, que debió terminar doliéndole, efectivamente, todo el cuerpo.

El Renacido trata del personaje Hugh Glass (c. 1780 — 1833) que fue un destacado trampero y hombre de la frontera («frontiersman») estadounidense, conocido por sus hazañas durante el primer tercio del siglo XIX, y lo digo así, tal y como está en la wikipedia. El hombre se enamora de una mujer india con la cual tiene un hijo, algunos soldados (no todos, claro) arrasan con el lugar matando a la mujer y él se dedica a orientar a otros colonos para hacerles llegar a dónde necesiten, a grandes rasgos. En una de esas misiones que realiza en compañía de su hijo, le ocurre algo que le deja en una situación terrible, pero la fuerza de la venganza y la suerte (dentro de la tragedia) que le proporciona su propio carácter y buenas acciones, le da la fuerza necesaria para conseguir luchar por su vida.

La película es dura de principio a fin, cruda, con escenas de violencia, sangre, etc, a mí particularmente me revolvió el estómago en más de una ocasión. Cada escena está justificada, y a mi parecer no hay ningún morbo añadido (cosa que sí encontré en “Doce años de esclavitud”, que me pareció repulsiva, tediosa, y las escenas más duras alargadas hasta el absurdo). Sin duda la actuación de Dicaprio es esencial para que toda esa crudeza te revuelva las tripas, y si bien al cine no se va a sufrir (creo), si el personaje sufre, yo desde luego quiero hacerlo con él. He de decir que todo esto lo viví al tiempo que me hinchaba a palomitas de forma intermitente, aunque habitualmente prefiero disfrutar de una película sin comer, ya que creo que comer palomitas mientras se ve cierto tipo de películas resta inmersión en la película, (de ahí que sea más habitual zampar viendo Toy Story que Monster); este comentario sobra totalmente, pero me da igual.

La película visualmente es impresionante, no solo las escenas de paisaje, también aquellas en las que aparecen animales. Los planos son increíbles, solo por ellos ya me parece un placer esta película.

Otra cosa que me ha conmovido es el amor entre el padre y el hijo, reflejado en poquísimas escenas, que han sido más que suficientes; también los recuerdos que el protagonista guarda de su mujer, sus frases alentadoras y su aspecto pacífico y místico, que me ha parecido muy real pero nada recargado. El carácter del protagonista me ha gustado mucho, su forma de tocar levemente a los animales, y lo poco que se dejaba intuir de él.

Los personajes secundarios también me han gustado mucho, la dicotomía habitual entre malos y buenos en este caso no supone una división infantil donde es fácil juzgar a cada quien, aunque es cierto que la caracterización y la fisionomía han sido claramente escogidas para generar empatía en el caso de los “buenos” y todo lo contrario en el caso de los “malos”. Particularmente me encantan las películas en donde no se caracteriza a alguien como de malo o bueno, pero sí se escoge un actor con una fisionomía determinada para el papel; Creo que hay una relación muy estrecha entre los rasgos físicos del rostro y el carácter individuo, y aunque no haré ahora una disertación sobre esto, es algo que se podría haber reflejado muy bien en la adaptación al cine de El retrato de Dorian Grey (que es la novela que utilizaré en su momento para comentar esa teoría) pero que en lugar de hacerlo cogieron a un chaval más lineal e intrascendente que Daniel Radcliffe. Quizá sí se haya abusado en El Renacido, de representar a los personajes “buenos”, de pelo y ojos claro y aspecto, en cierta forma, dulcificado, y me ha hecho recordar ese contraste entre personajes buenos que parece que, incluso, se llenan menos de mierda que los malos, a la misma dicotomía (a nivel estético) de películas del tipo “Master and Comander”.

En películas que tratan sobre la supervivencia, es inverosímil que no se represente en algún momento el conflicto entre la propia integridad y la de los otros, el dilema entre ayudar o “escurrir el bulto”, cosa que por supuesto refleja la película y te obliga a tomar parte. Cuando los personajes tienen que plantearse si ayudar o no a nuestro protagonista probablemente te preguntes, a no ser que te estés atragantando con una palomita o estés pensando “joder qué coñazo”, qué harías tú.

Por último cabe decir, por si no había quedado claro, que a nivel argumentar es bastante lineal, no hay giros sorprendentes (en especial si has visto el trailer), aunque sí pequeños acontecimientos que generan cierta incertidumbre. Es fácilmente previsible. La fuerza de esta historia está en cómo se encuentra contada, el cómo, y no en el qué.

De la película me quedo con muchas escenas, y del cine, con una especialmente, la del señor que se cogió su abrigo y se marchó (que serviría de título a un Best Seller de estos de, lo voy a decir porque he sufrido mucho hoy con la migraña: de mierda) tres cuartos de hora antes de que se acabara. Si me pusiera dramática, y a juzgar por cómo está el panorama acerca del triunfo de lo asquerosamente comercial, diría que ese señor representa algo sintomático en nuestra sociedad, donde todo es “Too fast too furious” (disculpadme el ridículo juego de palabros, me sigo excusando en mi dolor) y hasta el mundo de la literatura es un vertedero de obras pueriles donde el único consuelo que te queda es pensar “bueno, al menos leen”.

Pero como yo no soy nada dramática, solo puedo deciros que disfrutéis lo que sea que hagáis y espero que, si veis El renacido, me digáis que os ha parecido… Um, bueno, mejor no 😛

¡Hasta la próxima!

El misterio de no tener nada que ocultar

“Organizar de tal modo nuestra vida que ella sea un misterio para los demás; que quien mejor nos conozca sea, apenas, uno que nos desconoce de más cerca que los otros. Así forjé yo mi vida, casi sin proponérmelo, pero fue tanto el arte instintivo que puse en hacerlo, que para mí mismo me convertí en una no del todo clara y nítida individualidad creada por mí” Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.

He conocido personas definidas por su supuesto misterio. Personas que se describían a sí mismas como “reservadas”. A pesar de definirse así, insistían en soltar retales de su vida hipotética, aun cuando nadie les preguntaba. Mencionaban algún detalle sobre dónde habían vivido, su propiedades en otros lugares, de haber tenido algún cargo en alguna empresa de renombre, de haber tenido un negocio sobre el cual nada se sabe en la actualidad. Mencionan haber salido con este, o aquella, pero no hay información sobre nada de lo que hipotéticamente tienen, o hicieron, porque nunca profundizan. Algunos/as sencillamente no hablan de su pasado, ni de su presente, ni de sus gustos personales, pero no se cansan de anunciarlo como algo digno de ser contado. Esto causa interés en otros, que los definen como “misteriosos”, como si esto fuera algo irresistible y, en sí, seductor.

Si hablo de esto es porque nunca le he encontrado el encanto al no saber. De hecho, el encanto de lo que no se sabe solo puede encontrarse en lo poco que sí y, por tanto, en lo que creemos saber, en lo que creemos que el otro oculta. Hay que ser sincero, lo que gusta del misterio no es la ignorancia, sino que nos permite imaginar lo que queramos (algo así como le ocurría a El Principito con el dibujo de una caja, dentro estaba el cordero que deseaba según él, pero en realidad no era más que un dibujo).

 

Existe la necesidad, en algunas personas, de dar una apariencia de importancia, como si la vida fuera un camino en el que adquirir medallas. Hablan de una vitrina donde las tienen todas organizadas, pero no indican número ni lugar y nadie las ha visto, entonces algunos se les acercan, dando por hecho que ese señor/a debe ser alguien, mientras a otros les es totalmente irrelevante si existe o no algún trofeo. Algunos dicen “¿Y a mí que me importa la vida de este señor, si no sé quién es, si no lo conozco de nada?” Y creo que estos son los comentarios que te hacen pensar realmente en qué sabemos de quién no sabemos nada y por qué nos importa.

Siempre me ha interesado conocer a las personas con las que me he cruzado en la vida, insisto en el concepto: conocer a la persona. ¿Cómo se conoce a una persona? En mi opinión, no se la conoce por lo que posee, ni por los lugares en los que ha trabajado, tampoco por las ONGs con las que colabora, tampoco por las personas de las que se rodea (aunque eso ciertamente puede darnos alguna pista), ni siquiera por como se peina, se viste, ni la música que escucha. A mi modo de ver, se puede conocer a una persona basándose en un solo aspecto: su criterio. Trataré de poner un ejemplo, yo puedo trabajar voluntariamente en una protectora de animales, puedo limpiar las heridas de perros moribundos y recoger sus diarreas, puedo ir todos los días a visitar a un familiar al hospital, sin pedir nada, sin quejarme; puedo cocinar en un comedor social con placer, o solo para poder decir que lo hago. Muchas personas hacen muchas cosas, algunas muy valiosas, y otras no, pero jamás sabrías cual es su criterio. Solo puedo saber lo que esa persona piensa al respecto si lo dice (y para respaldar lo que dice, están los hechos, pero no al revés), y aquí es donde muchos son muy reservados, y en donde otros nos dejan realmente sorprendidos. Seguro que podéis hallar muchos ejemplos de esto en nuestro entorno. Personas generosas con los animales y ruines con las personas, o que obstaculizan una adopción por motivos que tienen más que ver con su ego que con el animal.

Por esto, porque para conocer al otro considero que es esencial su criterio, me resultan bastante repulsivas las personas que eligen el misterio, y que no parecen tener un criterio formado sobre nada. Personas que repiten algo que leyeron o escucharon, personas que viven siendo el reflejo o la sombra de otras. Evidentemente, cada uno vive como puede, pero mentiría si dijera que no detesto a esa gente que pone tanto cuidado al vestir y tan poco esmero en ser y que lanza sus discursos inacabados sobre sí mismos.

Nadie tiene la obligación de pronunciarse sobre nada, respeto la intimidad de los otros, no obstante, me pregunto, ¿qué interés tiene alguien sin criterio conocido? ¿de qué le ha servido lo vivido si no puede transmitir nada a los otros más que un conjunto de anécdotas y vagos delirios de grandeza?

El “misterioso artificial” es, ante todo, un hombre/mujer anecdótico que utiliza la misma estrategia que se utiliza para escribir un relato, o un corto, es como un cuento sin final en el que atrae a una audiencia mayor o menor a su alrededor, y los retiene el tiempo que dura la curiosidad. Son cuentos sin moraleja, sin título, en los cuales solo hay un nudo, nunca un desenlace, y con el paso del tiempo los únicos que quedan escuchándole son, habitualmente, seres enfermizos adictos a la fantasía.

Prefiero a las personas reales, suponiendo que existan.

¿La felicidad como opción?

Al pensar en la felicidad, definida como un estado de paz, sosiego y bienestar general, podemos pensar de dos formas: posesiva y desposesiva.

Si pensamos en lo que tenemos, en lo que nos falta, en lo que otros tienen, y nos comparamos, ¿de qué dependería nuestra felicidad? Del exterior. Esto sería pensar en la felicidad de forma posesiva.

Si pensamos en lo que somos, en que estamos vivos, y saludables, es probable que encontremos que reunir ciertas comodidades es una suerte. Nos desprendemos de la idea de los bienes que poseemos y de los que poseen los demás sean determinantes. Esto sería pensar en la felicidad de forma desposesiva.

¿Realmente, es útil compararnos con los otros? ¿Hasta qué punto? Escucho a muchas personas hablar de su situación, frustrados, y decir, acto seguido, que un colectivo recibe ayudas del gobierno por ser de tal raza, pero no tienen pruebas. A veces, parecen tenerlas, quizá las tengan. ¿Realmente nos parece una vida digna la de una familia con cuatro hijos que recibe alimentos de la caridad ajena? ¿Nos sentimos en posesión de un juicio tal que somos capaces de valorar la hipotética suerte ajena? Supongamos que una persona muy crítica con los demás, tiene un golpe de suerte, tiene un trabajo bien remunerado, una pareja idílica y una salud de hierro, y esta persona se erige como modelo y ejemplo a seguir, recordando siempre que puede “su guía de la vida”, con arrogancia y despotismo. Ese alguien esa está rebosante de algo muy distinto a la “plenitud del alma”: está rebosante de ego.

Una sociedad no avanza con esta actitud, una persona que se rige por el principio de la meritocracia es mucho más sensible a cualquier obstáculo en el camino. Habitualmente estas personas piensan lo siguiente: ¿como él, que es un modelo a seguir, puede haber perdido el trabajo? Obviamente esta forma de pensar lleva a la conclusión de que es culpa de los otros. A esto lleva el pensamiento posesivo, a una alegría pasajera unida fuertemente a lo ajeno.

El concepto eudaimónico de la vida.

¿Qué es eudaimonía? Podemos definirla como la “plenitud del ser”. Esto no hace referencia al “estar” que es, por definición, algo transitorio. Partamos de la base de que nuestro estar es transitorio, por tanto, lo importante es vivir. No podremos acumular para siempre, y todo lo que tengamos, en algún momento, nos será inútil. El día que sepamos que vamos a morir, con suerte querremos amar y sentirnos amados. Pues bien, hoy sabemos algo, y es que, efectivamente, vamos a morir, por tanto, pensemos en amar y ser amados. El eudaimonismo postula, a grandes rasgos, centrarnos en la virtud y en aquello que nos satisface. Nos gusta hacer aquello que nos provoca placer y alegría, estas actividades las realizamos por el placer mismo de hacerlas, no nos tienen que pagar por ello, y están, o deberían de estar, indiferentes al juicio ajeno. Nos sentimos plenos cuando hacemos aquello que nos gusta sin que nadie interfiera de forma perjudicial, dejemos a los otros libremente disfrutar y vivir.

El ego necesario y el instinto.

No es necesario estar siempre alegre, es más, normalmente no es posible. Tampoco podemos pretender no enfadarnos, ni debemos aspirar a encarnar a buda en nuestra ajetreada existencia. Tampoco tenemos porque negar que a veces se nos trata con tiranía, que tenemos momentos trágicos, duros, y tristes. No debería ser nuestra pretensión la tolerancia absoluta, ni tampoco podemos permitir que nos vilipendien. El ego es la instancia donde nos reconocemos con una entidad propia, el Yo, un exceso de ego no es más que la situación en la cual todo se mide y se valora bajo un único prisma: el nuestro, carente de empatía. No podemos escapar al ego, porque necesitamos sentirnos como una unidad para afrontar la vida, pero no nos engañemos: no somos la misma persona para siempre, el Yo es una necesidad de nuestra psique y, por tanto, una construcción. Es el intento permanente de reconocernos, y es por eso que nos resulta difícil y nos trastorna cambiar de opinión. A sabiendas de que no podemos escapar del ego, enfrentaremos nuestra multiplicidad con dulzura, como aceptamos los cambios y contradicciones de las personas que amamos.

Quien se empeña en ser siempre el mismo está abocado a la bipolaridad.

Por otro lado, el instinto es la fuerza que nos empuja a continuar sobreviviendo en competencia con los otros, nos lleva a luchar por los recursos y a reafirmarnos en un conflicto, siempre en pro de nuestros intereses. Esto es natural, y si sabemos reconocernos, sabremos no caer en el abuso.

La felicidad como opción

Si reconocemos que tenemos dos vías, una posesiva centrada en el ego, en lo material, y en la insconsciencia respecto a nuestros instintos, no seremos felices, con suerte disfrutaremos de una alegría en diferentes grados. Si elegimos la vida desposesiva, no tendremos garantizada una paz infinita e inalterable, pero tendremos un estado de paz al que sabremos volver.

El único acto de voluntad verdaderamente importante será qué camino elegir, y no olvidar ese sencillo mapa que se encuentra en nuestro interior. ¿Queremos ser el caracol que, para volver a su hogar, solo tiene que replegarse, o preferiremos ser el ave rapaz con el ojo siempre en la presa necesaria?

Esta elección no depende del azar, es solo tuya.

Análisis/opinión de “Boyhood, momentos de una vida”

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CONTIENE SPOILERS

Más de dos horas y media donde unos dicen aburrirse y otros no dejamos de ver detalles en la representación de lo cotidiano.

Una buena banda sonora, que acompaña las diferentes partes de la película sin eclipsar la escena, como debe ser. Personajes que parecen personas y los vives como tal, verídicos, y cercanos, unos admirables, otros profundamente aborrecibles.

El motivo principal de la película es el crecimiento y desarrollo de su protagonista Mason, pero no por ello el resto de personajes son menos importantes, de hecho, como en la vida misma, son absolutamente necesarios para comprender la persona que será Mason.

Boyhood trata sobre la vida de Mason desde su infancia hasta su entrada a la Universidad; como ya sabéis, fue filmada durante varios años en los cuales el propio actor pasó por las edades que muestra la película (igual que el resto del elenco). A nivel cinematrográfico me parece interesante y una apuesta arriesgada, ya que resultaba una incógnita la calidad Ellar Coltrane como actor (incognita no resuelta para mí, que solo lo he visto en esta película, de hecho).

Mason es un niño imaginativo, creativo, y observador, al que le cuesta especialmente encontrar su lugar en el mundo, y el cual parece finalmente refugiarse en la indiferencia, en especial en su etapa adolescente. A través de sus ojos conocemos la vida de sus padres divorciados, y de su hermana Samantha, contrapunto de Mason.

En la obra no solo nos muestra los avatares habituales por los que podría pasar un niño varón, también las vicisitudes de los hijos con padres separados, y de los padres para con ellos. En este caso particular se ha elegido a un padre aventurero, algo alocado, que trata de responder a las necesidades del matrimonio y la familia, no consiguiéndolo, quizá por inmadurez. En el caso de la madre tenemos una mujer especialmente responsable e implicada, que no está dispuesta a llevar una vida junto a un hombre inconsciente. La madre en particular es el personaje que más me ha gustado; por su sana ambición y su valentía: su primer hijo llega pronto y no acaba los estudios por este motivo, sin embargo, decide retomarlo y consigue graduarse como psicóloga y ser profesora. Por avatares de la vida acaba eligiendo a dos hombres alcohólicos en diferentes relaciones, no sé si por casualidad o por algún problema intrínseco de ella. Como en muchos casos, a pesar de ser la más dedicada de los progenitores, sus hijos la tratan con cierta dureza y especial egoísmo, quizá por ser ella la que pone las pautas y los límites necesarios en sus vidas, y no su padre, una situación muy habitual.

Boyhood es de ese tipo de películas que puedo ver sin pensar en nada en absoluto, siendo al final, con la pantalla ya oscura, cuando empiezan a aflorar las observaciones y reflexiones que fueron germinando en silencio. Me gustan esas películas que fluyen con naturalidad y en las que no hay nada que me saquen de la misma, ningún detalle que me parezca ridículo, que no me resulte creíble, o que me parezca cliché (teniendo en cuenta que la propia vida está llena de clichés, cabe esperar alguno en un drama).

Con esto no quiero decir que no hayan defectos en esta película, solo puedo decir que yo no los he observado. Pensándolo bien, quizá debería decir que el casting para la película no ha sido el mejor, creo que a una película que pretende asemejarse a la realidad no le conviene un reparto en el que hasta el personaje más intrascendente parece sacado de un catálogo de El Corte Inglés.

Al margen de lo dicho, si hay algo que Boyhood representa especialmente bien es la complejidad de las relaciones humanas y las “edades” por las que pasamos cada persona, así como ciertas “verdades radicales” en cuanto a los vínculos amorosos; como ejemplo podría decir uno de los detalles que más me impactó, ya que entre los muchos interrogantes que plantea, uno de ellos lo comparto, la típica pregunta en una relación que no funcionó ¿y si nos hubiéramos conocido en otro momento de nuestras vidas? Lo que está claro que nos lleva a muchas otras preguntas ¿somo incompatibles, o lo somos en estas circunstancias concretas?

Vemos también algunas situaciones ligadas al género, o que creo que han querido mostrarse como ligadas al género: el hombre que se serena a partir de los treinta y cinco o cuarenta, y que acaba incluso por casarse con una mujer que no parece tener nada que ver con él, y la mujer que, en la misma edad, se deprime al ver volar a sus hijos y al haber fracasado en sus relaciones amorosas. Quizá no sea una cuestión de genero, sino simplemente una cuestión humana.

Es muy probable que sin Patricia Arquette nohubiera sido lo mismo, a veces parece que un personaje solo puede ser interpretado por una actriz/actor en concreto.

Como cabe esperar la película nos muestra un tiempo y una cultura (en este caso la estadounidense, señalándose supuestas virtudes y defectos, para que uno pueda valorar por sí mismo), y “fenómenos de la época”, como por ejemplo el furor por Harry Potter, cosa que hace que te familiarices más con el contexto y los personajes.

Quiero mencionar una de mis escenas favoritas, es aquella en que el encargado del restaurante donde madre e hijos van a comer, le dice a Olivia que era el operario que fue a su casa a hacer un arreglo, al que ella alentó a estudiar diciéndole que era “un chico muy listo” (o algo similar) y le da las gracias, porque efectivamente está acabando sus estudios. Imagino que a otras personas les resultó risible, para mí no lo fue, me parece que el personaje de Olivia es inspirador en sí mismo, transmite confianza, y creo que existe la posibilidad de que con pocas palabras puedas cambiar la vida de alguien, si bien es improbable, me gusta que esta película me haga creer en esa posiblidad.

Para ir terminando, decir que muestra unos personajes a la espera de que la vida sea algo más de lo que es, especialmente en el caso de Mason y de Olivia; Mason es evidente que se está buscando a sí mismo, a la persona que será, sin embargo, Olivia parece entender la vida en un sentido finalista,que la aboca a hacer balance de resultado en lugar de vivir el presente.

La película acaba con la reflexión de una chica que Mason acaba de conocer y que parece evidente que se gustan, él habla de que se supone que se debe vivir el momento, y ella dice que en realidad el momento te vive a ti, te utiliza. Aquí me gustaría hacer un inciso para decir que la ficción se hace notar en los diálogos profundos, las exposiciones impecables y el lenguaje; está claro que a pocos adolescentes escucharemos hablar como lo hacen Mason y sus amigos, pero eso no quiere decir que no sientan lo que expresan. Dicho esto, continuo. Esa frase sobre el momento que te atrapa me ha parecido muy interesante, porque aunque estoy de acuerdo con la necesidad de tomar conciencia del momento presente y procurarse, en el momento inmediato, paz y felicidad, lo cierto es que somos materia orgánica, y cada instante somos consumidos, literalmente. Evidentemente el deterioro de cada una de nuestras células (que es lo que considero el tiempo real) es un hecho, que no entra en conflicto con “vivir el momento”.

El cierre de la película me parece perfecto, porque creo que es una cuestión clave para saber qué tipo de vida queremos vivir: aquella en la que nos sentimos consumidos, o aquella en la que nos sabemos consumidos pero lo aceptamos y lo tratamos de disfrutar.

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